
Fermín Lagunas sostenía la vejez sentado en una silla metálica con cojín de cuerina rojo; Ahí había pasado sentado la mayor parte de su vida. El Almacén que atendía había sido de su padre, que también pasó su vida entera ocupando el mismo espacio, en otro tiempo; pero las marcas de esa silla eran en el mismo suelo, aquel era el mismo sucucho sin luz y con moscas, la misma lentitud con la que Fermín atendía el boliche... lentitud que había heredado de su padre junto con el Almacén.
Comprar un 1/4 de queso y cinco hallullas donde Fermín podía ser un escenario surrealista para enterarse de todo el acontecer noticioso del barrio, incluso, con cierto nivel de detalle y una visión analítica. (Tiempo aproximado: 4 minutos)
Alamisa era su hija; Alamisa era sus Ojos. Si el taburete tenía resina negra sobre la cuerina roja, era por los años que Fermín había permanecido sentado para darle una educación decente, no como la de los pungas que a menudo le daban jugo por un cigarro suelto, por un alfajor fiado.
Para Fermín Lagunas, Endemio Cantos era "la amistad". Eso no era un elucubración compleja, simplemente era el único verdadero amigo que había tenido.
Fermín a las 6 en punto instalaba una mesita fuera de su local donde ponía el mate y una baraja de naipe español. Jugaba brisca con Endemio hasta las 7 en punto; después era difícil, el almacén se llenaba a la hora de once.
Daniel Soriano Correa. © Copyright 2008. Todos los Derechos Reservados.
Ilustración: Libertinus Yomango.
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