viernes, 19 de septiembre de 2008

Autopoiesis burocrática.

Había muerto, que de eso no quepa duda; pero solo pudo estar plenamente seguro cuando el perito lo declaró oficialmente cadáver. Ni la poza de sangre en el suelo del balcón, y menos los pedazos de sesos en el ventanal son lo suficientemente idóneos para llegar a dicha conclusión sin antes haberse guiado por los procedimientos debidamente establecidos.

Entonces, en su condición de cadáver, descubrió algo que siempre estuvo ante sus ojos: Cuando sus huellas dactilares habían ingresado a la base de datos del registro civil, desde que la cédula de identidad lo señalaba como ciudadano chileno, desde que su padre había sido declarado por la justicia bajo el rotulo de “muerte presunta” para luego aparecer a los dos meses con una cajetilla de cigarros y una sonrisa profusa; Incluso era coherente pensarlo cuando los tribunales hace unas décadas consagraron, judicial e irrestrictamente, que Cristo existió y resucitó. Concluyó que la realidad no existe… ni materialmente, ni en un mundo de ideas, ni siquiera como una construcción lingüística. La realidad es producto de la autopoiesis burocrática.

Cerró los ojos ensangrentados con el último aliento. Por dentro dio gracias al estado por el certificado de defunción. Pensó que podrían exigírselo en el cielo, después de todo ¿quién sabe si las aduanas celestiales están atendidas por antiguos funcionarios públicos chilenos?

Autor: Daniel Soriano Correa. © Copyright 2008. Todos los Derechos Reservados.
Ilustración: Daniel Soriano Correa, © Copyright 2008.

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